Descubriendo las maravillas y las culturas de Sri Lanka y la India
Pasamos unos breves días en Sri Lanka, empezando por Galle, donde se cultiva el 90 % de la canela del mundo y cuya imagen más emblemática son los pescadores sobre pilotes: aquellos que no tienen dinero para comprarse un barco y, por eso, construyen precarias plataformas cerca de la orilla desde las que realizan su captura diaria.

El té también es una parte fundamental de la economía de la zona, y visitamos la plantación de té donde cultivan el «té blanco virgen» —llamado así porque los emperadores solo bebían té elaborado con la parte más tierna de la planta de té blanco, cortada por vírgenes con tijeras de oro y depositada en un cuenco de oro—. Tiene el nivel más alto de antioxidantes de todas las bebidas, aunque, para el paladar de este amante del té, resultaba bastante soso.
Después nos dirigimos a Colombo, donde tanto los elefantes como los espectadores acabaron empapados en el desfile anual de la luna llena. Y de ahí, a la India…

Ahhh, la India… ¿por dónde empezar? Es una tierra de contradicciones, a la vez fascinante y desconcertante.
En nuestra primera parada, Cochin, no nos encontrábamos del todo bien, así que no pudimos disfrutar de todo, pero eso nos permitió apreciarlo con más tranquilidad… Una tarde, en la terraza con vistas a Cochin al atardecer, mientras el cielo rosado se tornaba azul y las aguas de la bahía se ondulaban suavemente, la llamada a la oración de una mezquita lejana se mezclaba con la música india contemporánea y las voces alegres que provenían de los barcos de fiesta iluminados que pasaban por allí. En ese entorno exótico, me invadió una sensación de asombro y satisfacción.
Al igual que en Sri Lanka, el tráfico indio es un gigantesco juego del «pollo»: dicen que son excelentes conductores, ya que los carriles se adaptan a ellos, y los giros, las rotondas y los cambios de carril parecen basarse más en los nervios y la astucia que en las normas de circulación. Al recorrer cuatro ciudades costeras, visitamos templos tanto budistas como hindúes con criaturas misteriosas: guerreros azules gigantes, Budas de todos los tamaños y materiales, y este interesante hombre-mono.

Y la comida era a la vez exótica y sabrosa: en un restaurante de Mangalore conocimos al responsable de alimentación y bebidas del barco, que es indio, y nos preparó un almuerzo indio de siete platos que resultó tan delicioso como sorprendente; incluyendo cerveza y vino, nos salió por 20 dólares por persona. El dólar cunde muchísimo en este país.
Después, nos dirigimos a Goa, donde nuestro compañero residente y gran amigo tiene una casa, y nos invitó a una comida local inolvidable…
Por último, llegó el momento culminante: volamos a Delhi para subir al Maharajas’ Express, el tren de lujo que nos llevaría por el interior de la India a siete destinos memorables. Es bastante lujoso: muy británico en su decoración, pero con encantadores detalles indios en el arte y los tejidos.

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